Hiroshima, 80 años después: del silencio atómico al reality de la guerra

Una casa sitiada. Disparos cruzados. Órdenes gritadas, ruido seco, tensión. La cámara, como el ojo humano, es el colmo del realismo: parpadea, se cierra, se mueve.
Esto no es Japón 1945, pero el espectador reconoce al instante: esto no es ficción.
La película Warfare, estrenada este año, recrea una misión real en Irak como si fuera un video filtrado. Ni heroísmo, ni explicación. Aunque no llegó a los cines de Argentina ni de gran parte de Latinoamérica, circuló fuerte por su realismo extremo y su forma brutal de mostrar la guerra: se siente cercana.
Se cumplen 80 años del ataque nuclear a Hiroshima. Lo que entonces apenas se podía nombrar, hoy se muestra en primer plano.¿Cómo pasamos del silencio incómodo de Hiroshima mon amour a una película donde todo está expuesto hasta el ruido?
Putin spoilea: al final todos pierden
Esta semana, Vladimir Putin declaró que “no puede haber ganadores en una guerra nuclear” y que ésta nunca debería desatarse. No importa quién lo diga: la frase calza. Una devastación global no se gana.
Un poco más lejos, sin apretar un botón, apareció Warfare. Estrenada este año, reconstruye una misión real en Irak en 2006, dirigida por Alex Garland y el veterano de guerra Ray Mendoza: casi todo se filma en tiempo real, con secuencias largas que borran el artificio cinematográfico
Warfare no explica. Hay soldados rodeados, tiros que revientan cerca, órdenes al grito. Del este lado, los espectadores no sabemos si estamos viendo una película o un video filtrado de una guerra real.
Ellos dos, Emmanuelle Riva y Eiji Okada, en “Hiroshima mon amour”.El rumor —no demostrado— dice que jerarcas rusos elogiaron Civil War (film anterior de Garland), porque muestra a EE.UU. perdido en su propia guerra
Hiroshima mon amour y el cine que no necesitaba mostrar
“No viste nada en Hiroshima.”
La película Hiroshima mon amour, dirigida por Alain Resnais, no arranca con un disparo, sino con una frase. El grito del horror, pero contenido. Un montaje: dos cuerpos en una cama, una historia de amor cruzada por un pasado que no deja dormir. Estrenada en 1959, se convirtió en una película fundacional del cine moderno.
Resnais venía de filmar Noche y niebla, un documental sobre los campos de exterminio. Sabía que algunas imágenes no se pueden repetir sin volverlas espectáculo. El guion de Marguerite Duras llevó esa intuición al extremo: Hiroshima como recuerdo. Peor: como imposibilidad de recordar.
Un visitante observa una enorme fotografía de Hiroshima devastada por el primer bombardeo atómico del mundo en el Museo Memorial de la Paz de Hiroshima, Japón.En los primeros 15 minutos, entre la voz en off de los protagonistas y archivo, se instala una premisa: hay cosas que no se pueden mostrar sin traicionarlas.
El director no filmó el horror, filmó lo que vino después. La distancia entre el hecho y lo que se puede decir ç. Como después haría Claude Lanzmann con Shoah.
De Hiroshima mon amour —silencio, monólogos— a Warfare hay una distancia que no es solo estética.
Warfare: una guerra real sin explicación
En Hiroshima mon amour, el recuerdo era íntimo. Una conversación en la cama entre dos personas marcadas por la guerra: impensada, simple, política.
En Warfare es distinto. Es como si alguien gritara “acción” y nunca cortara. La película recrea una misión real en Irak. Tiros, gritos, cuerpos caídos. Pero, ¿de quién es la casa que invaden? ¿Qué pasa con la familia iraquí que queda acorralada? La película decide no contarlo.
En entrevistas, Garland y Mendoza dijeron que su objetivo era lograr “autenticidad”, no “hablar de política”. Pero dejar afuera la política de una guerra es, justamente, una postura política. Más aún si se trata de Irak.
Warfare, de Alex Garland y el ex veterano Ray Mendoza: guerra sin contexto. El resultado es una película que avanza por acumulación. Como una misión filmada en loop, sin explicar por qué empieza ni cómo termina.
Hiroshima mon amour sugería. Warfare entra, muestra y omite. Su realización es impecable, pero ¿su punto de vista?.
¿Qué nos queda de Hiroshima cuando ya no sentimos nada?
A decir verdad, el cine nació con una guerra. En 1915, El nacimiento de una nación fue uno de los primeros largometrajes de la historia: inauguró el lenguaje narrativo del cine… y glorificó al Ku Klux Klan en el contexto de la Guerra Civil de estados Unidos. Técnica brillante y mensaje aborrecible.
Desde entonces, la imagen estuvo ligada al conflicto.
Más de un siglo después, las guerras se ven en la pantalla del teléfono. Gaza, Ucrania, en videos cortos, soldados pixelados y explosiones virales.
Susan Sontag, una de las grandes pensadoras de la imagen del siglo XX —de Leni Riefenstahl a los noticieros en TV— escribió en Ante el dolor de los demás:
“Las imágenes del sufrimiento no necesariamente despiertan conciencia… también pueden corromperla.”
Warfare muestra una guerra sin contexto. Precisa y sin preguntas.
Hiroshima mon amour propone otra mirada. Una ciudad reconstruida. Dos personas que recuerdan lo que no pueden nombrar.
Él le dice: “No has visto nada en Hiroshima.”
Warfare termina con un último gesto: los actores se encuentran con los verdaderos protagonistas. Soldados reales, algunos en silla de ruedas. La ficción se convierte en reality. Algo de ruido hace. .
Hiroshima mon amour, en cambio, deja una marca. Como una cicatriz: en los cuerpos, en la memoria, en los 80 años que hoy se recuerdan.
Y como escribió T. S. Eliot:
“Así es como termina el mundo: no con un estallido, sino con un quejido…”
Fuente: www.clarin.com



